¿Por qué hace la gente las cosas que hace? Las cosas cotidianas. No las que tienen que ver con sus gustos, inclinaciones, profesiones. Esas no. Las cosas de cada día, los gestos, su postura.
Por ejemplo, cuando vas a paso ligero hacia una entrada de metro y una persona que viene cerca decide que puede pasar antes y se mete rápidamente, haciéndote parar bruscamente para no chocar. Sigue adelante con extrema seriedad y cara rígida, mirando hacia el frente, expresión de caballo. ¿Qué le mueve a actuar así? ¿Qué dirían sus pensamientos si de pronto pudiéramos escucharlos? ¡Pringao’!, ¡Te gané!, ¡Espabila!
O nada de eso, tal vez sólo: lo merezco, tengo más prisa que tú.
El caso es que tras esa actitud, aplicable al metro, supermercados, ambulatorios médicos, etc. Reina una sentencia que suena y resuena desde hace mucho tiempo: el mundo es para los más listos.
Situaciones así suelen afectarme, me cuesta seguir y dejarlas atrás. Normalmente me cabrean, mucho. Otras veces, cuando soy menos presa de las circunstancias e intuyo mi relación con todo, me duelen. Lamento ver lo nocivos que somos como especie.
Desde que tengo un hijo, mi tristeza por esta conciencia va en aumento. Veo diariamente el modo en que enseñamos a los niños a ser de ese modo, a “defenderse” con el ataque.
Observo encantada que mi hijo se coge las manitos tras la espalda y me mira mientras espera que los que están delante bajen por el tobogán. Yo le hago saber que eso está bien y él me mira con ojitos titilantes, porque todavía no está seguro de cómo actuar. Pero cuando llega su turno y extiende sus brazos para impulsarse, un tropel de niños mayores le corta el paso y se deslizan uno a uno frente a él, sin mirarlo. Entonces se tambalea y me busca con la mirada, con una interrogación tan evidente.
No tengo dudas acerca de qué debo enseñarle en ese terreno, pero aún busco la respuesta acertada para cuando hable tan correctamente que pueda preguntarme para qué le servirá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario